20130701

LA ESPADA DE SAN PABLO – En la mayoría de las imágenes Pablo sostiene una espada, símbolo de su martirio.

COMO CORDEROS EN MEDIO DE LOBOS.
En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado Jesús envía a setenta y dos discípulos a la gran mies que es el mundo, invitándolos a rogar al Señor de la mies que no falten nunca obreros a su mies (cf. Lc 10, 1-3); pero no los envía con medios poderosos, sino “como corderos en medio de lobos” (v. 3), sin bolsa, ni alforja, ni sandalias (cf. v. 4).
San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, comenta: “Mientras seamos corderos, venceremos e, incluso si estamos rodeados por numerosos lobos, lograremos vencerlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos vencidos, porque estaremos privados de la ayuda del pastor” (Homilía 33, 1: PG 57, 389).
Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con la entrega de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria.
Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: “Paz a esta casa” (Lc 10, 5).
Pedro y Pablo en actitud de oración.

SAN PABLO Y LA ESPADA.
Delante de la basílica de San Pedro hay dos grandes estatuas de san Pedro y san Pablo, fácilmente identificables: san Pedro tiene en la mano las llaves, san Pablo en cambio sostiene una espada.
Quien no conoce la historia de este último podría pensar que se trata de un gran caudillo que guió grandes ejércitos y con la espada sometió pueblos y naciones, procurándose fama y riqueza con la sangre de los demás.
En cambio, es exactamente lo contrario: la espada que tiene entre las manos es el instrumento con el que mataron a Pablo, con el que sufrió el martirio y derramó su propia sangre. Su batalla no fue la de la violencia, de la guerra, sino la del martirio por Cristo.
Su única arma fue precisamente el anuncio de “Jesucristo, y este crucificado” (1 Co 2, 2). Su predicación no se basó en “persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu”.
“Esta misma lógica es válida también para nosotros, si queremos ser portadores del reino de paz anunciado por el profeta Zacarías y realizado por Cristo: debemos estar dispuestos a pagar en persona, a sufrir en primera persona la incomprensión, el rechazo, la persecución.
No es la espada del conquistador la que construye la paz, sino la espada de quien sufre, de quien sabe donar la propia vida”.
Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 26 de octubre de 2011.

Imagen: Pedro y Pablo, en actitud de deisis (actitud de oración, de intercesión. Su dorso inclinado y las manos extendidas, indican a aquel a quien se dirige la oración), y junto con los símbolos de su martirio, es decir, la cruz invertida y la espada de la decapitación, precisamente para subrayar que indicaron a Cristo con toda su existencia.

Iglesia de San Hugo - Roma - Italia
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